
*La obesidad en México se ha convertido en una crisis estructural con impacto directo en la salud, la productividad y el gasto público. Más allá de los hábitos individuales, el entorno obesogénico plantea un reto sistémico que exige respuestas desde la política, la empresa y la sociedad.
COLUMNA MUNDO FARMA
Por Jorge Arturo Castillo
Hablar de obesidad en México implica reconocer que dejó de ser un problema individual para convertirse en un desafío estructural con implicaciones económicas, sociales y empresariales. Hoy, más que una crisis de salud pública se trata de un fenómeno que impacta la productividad, el gasto en salud y la sostenibilidad del sistema sanitario.
Basta revisar los datos más recientes para dimensionar el problema. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) en sus ediciones más recientes, más del 75% de los adultos viven con sobrepeso u obesidad, mientras que en niñas y niños la prevalencia supera el 35%. Lejos de ser marginal, la tendencia comienza desde edades tempranas y anticipa un escenario aún más complejo en los próximos años.
A nivel sanitario, las consecuencias son profundas. La obesidad está directamente asociada con enfermedades crónicas como diabetes tipo 2, hipertensión, padecimientos cardiovasculares y algunos tipos de cáncer. En conjunto, estas condiciones representan una de las principales causas de muerte en el país y ejercen presión constante sobre el sistema de salud.
Desde el ángulo económico, el impacto es igual de relevante. Estimaciones del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) señalan que el sobrepeso y la obesidad generan costos que superan los 200 mil millones de pesos anuales, considerando atención médica, pérdida de productividad y ausentismo laboral. Más que un tema clínico, se trata de un factor que incide directamente en la competitividad del país.
Detrás de estas cifras existe un patrón claro: el entorno en el que vivimos favorece el aumento de peso. Jornadas laborales extensas, largos traslados, mayor exposición a pantallas y un estilo de vida cada vez más sedentario han reducido la actividad física de forma significativa. A esto se suma la disponibilidad constante de alimentos ultraprocesados, altos en azúcares y grasas, así como hábitos asociados al entretenimiento digital y el streaming.
En polos industriales como Monterrey y su zona metropolitana, donde la actividad económica exige jornadas intensas y alta productividad, este fenómeno adquiere una dimensión particular. Ritmos de trabajo demandantes, traslados prolongados y estilos de vida acelerados pueden reforzar este entorno obesogénico, con efectos directos en la salud de la fuerza laboral.
Dentro de las organizaciones, el impacto ya es visible. Colaboradores con enfermedades crónicas, menor rendimiento y mayores costos en seguros médicos forman parte de una realidad que afecta directamente la operación de las empresas.
Ante este panorama, limitar la discusión a “hábitos saludables” resulta insuficiente. El problema exige una visión sistémica que incluya políticas públicas, entornos laborales más saludables, educación y una cultura de prevención más sólida.

Comprender la obesidad como un fenómeno económico, además de sanitario, permite dimensionar su verdadero alcance. Ignorarla, en cambio, implica asumir costos que difícilmente podrán sostenerse en el largo plazo.
Dormir mal también es un problema de negocio
En medio de esta discusión, hay un factor que suele pasar inadvertido: la calidad del sueño. Diversos especialistas coinciden en que dormir mal no solo afecta la salud individual, sino que impacta directamente la productividad, la toma de decisiones y el desempeño organizacional.
Particularmente en México, el tema adquiere mayor relevancia. De acuerdo con el doctor Reyes Haro Valencia, especialista en trastornos del sueño, cerca de la mitad de la población presenta algún tipo de alteración, aunque la mayoría no lo identifica como tal. Este contexto se agrava cuando el sobrepeso y la obesidad incrementan la prevalencia de padecimientos como la apnea del sueño, que afecta a más del 45% de los adultos.
En términos empresariales, las implicaciones son claras. Falta de concentración, mayor probabilidad de errores, ausentismo y disminución en la productividad son consecuencias directas de un descanso deficiente. A ello se suma un entorno laboral digitalizado, con jornadas extendidas y exposición constante a pantallas.
Bajo esta lógica, el descanso deja de ser un asunto personal para convertirse en un elemento estratégico. En entornos industriales altamente competitivos, como el del norte del país, la calidad del descanso puede marcar la diferencia en el desempeño y la toma de decisiones.
Enfermedades raras: el reto invisible para el sistema productivo
Más allá de los grandes indicadores de salud, existen problemáticas menos visibles que también impactan la economía. Las enfermedades raras son un ejemplo claro: en México se estima que cerca de 8 millones de personas viven con alguno de estos padecimientos.
Aunque cada caso es poco frecuente, en conjunto representan una carga significativa. La complejidad diagnóstica, la falta de datos epidemiológicos y el acceso limitado a tratamientos generan trayectorias prolongadas de atención.
En el entorno laboral, esto se traduce en ausentismo, reducción en la productividad y, en muchos casos, en la salida parcial o total del mercado laboral de quienes cuidan a un paciente. A ello se suma la presión sobre los sistemas de salud, que enfrentan el reto de atender enfermedades complejas con recursos limitados.
Incorporar esta conversación al ámbito empresarial no implica sustituir la discusión médica, sino ampliarla. Dimensionar su impacto económico permite entender mejor la necesidad de políticas públicas, innovación en salud y modelos de atención más eficientes.
Al final, detrás de cada diagnóstico hay también una historia productiva que no debería quedar fuera de la conversación.
Sala de Urgencias
- Experiencias como el Sensorama sobre mieloma múltiple, llevado a cabo en el Senado a inicios de marzo, no solo buscan sensibilizar, sino también acercan el problema a quienes toman decisiones. En México, este tipo de cáncer hematológico suma miles de nuevos casos cada año, con implicaciones que trascienden la salud individual.
- Detectar tarde siempre resulta más costoso. Para el paciente, para el sistema y para la economía. Por eso, invertir en diagnóstico oportuno y acceso a tratamiento no es solo una prioridad médica, sino una decisión estratégica en un país donde el capital humano define la competitividad.



